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El cosificador, la fuerza arrasadora de un buen performance [Esp-Eng]
@yelainemh
Posted 4d ago · 12 min read
El cosificador, la fuerza arrasadora de un buen performance [Esp-Eng]

Si un hombre recorre tu ciudad, vestido escasamente con una rústica saya de cartón, cargando una red que, a cada paso, se va llenando de objetos diversos y, al unísono, ese mismo hombre lanza al viento frases cargadas de espiritualidad, mientras una especie de mayoral lo azota de vez en cuando y un arlequín se ríe burlesco de él, la ciudad que le observa –por instantes- se paraliza… El performance El cosificador va sobre eso, y mucho más. Versa sobre las esencias humanas, es un llamado a mirarnos por dentro, para dilucidar esa relevancia que a veces les damos a las cosas materiales en detrimento del amor y lo verdaderamente imperecedero.

Yury García Fatela encarna al personaje protagónico del performance, presentado durante la jornada de intervenciones urbanas La Pupila Archivada. Cerca de él –además del bufón y el mayoral- pululan otros personajes, en correspondencia con el mensaje de la obra: un joven imbuido en la seducción tecnológica, una mujer cuyo cuerpo y belleza usa de anzuelo para atraer dinero (aunque sabemos que –como dijo Martí- el búcaro no debe ser más hermoso que la flor), otros que aluden a la superficialidad de la moda y “Don Dinero”… ¡Tantas lecciones! Yury camina arrastrando el peso de los objetos cuyos conceptos le superan. La disyuntiva entre ser y tener golpea nuestras miradas. Al derredor, las personas observan, ríen, señalan, se preguntan… No todos entienden, pero algo cambia por segundos en el alma de nuestra ciudad. Un hombre que recién me propuso en pleno bulevar covers y micas, lo interpela frente al Centro Cultural Huellas. Por su actitud, bien parecía en ese instante otro personaje. “Yo creo en Dios”, alcancé a escuchar que le dijo al actor principal entre la algazara de voces curiosas. Yury sigue caminando y, a cada paso, el peso se torna literalmente mayor, pero él no claudica… Ni siquiera ante la esfera de cemento del tamaño de una pelota de baloncesto, que carga sobre sus hombros; ni siquiera ante el termo de café, el celular o las múltiples cajas que ponen los demás personajes sobre la red que pende de él; ni siquiera cuando colocan a la joven vestida de papel también ahí, en la red que –más que nada- parece una red de vicios, pecados, vanidad… “Dale, dale, yo sé que tú no puedes”, le dice el mayoral con insistente malicia. “Jajaja, no puede”, reafirma el arlequín; ambos con una actuación tan creíble que una –como parte del público- llega a cogerles odio, lo confieso.

Yury cruza el paso peatonal entre la tienda Casa Azul y el Banco Popular de Ahorro. Llega bajo un sol de mediodía que resalta las huellas que van dejando los azotes, la red y la fuerza visceral, sobre su cuerpo. Hay quienes siguen sin entender los códigos y hasta los creen exagerados, pero el arte que normalmente impacta y se recuerda suele tener fuertes símbolos y matices. Pasa ahora justo al lado de la parroquia San Jerónimo de Las Tunas. Los objetos empiezan a caerse. Aumentan las palabras ofensivas y risas burlonas de sus victimarios. “Jajaja, no puedes”, se escucha con insistencia. Yury escudriña dentro de las cajas que sostuvo hasta aquí y demuestra que todo es pacotilla, pero a ellos no les importa; están ciegos por sus carencias espirituales. Cae un cartel al piso, el mismo que sostuvo el protagonista hasta ahora, colgado del pecho. En la cartulina, claramente se lee una frase martiana: “Mucha tienda, poca alma”. Y cuando los inquisidores y hasta las personas del público pensaban que no podía más, él se levanta…

Ya se percibe la fachada del Hotel Cadillac (a estas alturas todo es cinematográfico). Y allí, justo al lado de la escalera para subir al bar, una mujer y un perro, un perro y una mujer. Ella, una de esas deambulantes que merodean por nuestra ciudad. “Él”, un can negro tan callejero como su compañera de reales desgracias. Yury le extiende la mano, desprovista de todo prejuicio y discriminación. La señora le ofrece su mano sin dejar a un lado la jaba de cubalse repleta de pomos vacíos que sostiene. Ella sonríe, mientras él –mirando ahora a los espectadores- desde una postura agachada como quien va a colocar un anillo de compromiso, y sin soltarle la mano a la mujer, nos dice: “¡En el amor está la esperanza, en el amor está la fuerza!”.

Yury abre los brazos para enfatizar el mensaje. Su rostro es un poema desgarrador y profundo. Bajo la cobija del Cadillac, algunas miradas se escapan curiosas; entre “ellas” y los artistas pende un cartel que resume la esencia de la obra, con una frase de Borges: “Es tan triste el amor a las cosas; las cosas no saben que uno existe”. Segundos después, Yury finalmente se desploma y, con sus últimas fuerzas, sin apenas poder levantarse del pavimento, toca el cartel con la frase aleccionadora. El mayoral pone un pie sobre su cuerpo en el piso, totalmente boca abajo; el arlequín sonríe burlesco, pero a Yury nadie puede quitarle el cartel y, sobre todo, la convicción de su significado. Llegan los aplausos.

(…) Mucho hay que procesar tras el periplo de estos jóvenes artistas por el centro de la ciudad. Sin embargo, los alrededor de 20 minutos que duró la presentación nos bastaron –a quienes observamos con detenimiento- para volver sobre la disyuntiva de Hamlet: “Ser o no ser”. Los artífices de El cosificador no solo fiscalizaron cosas; también arrastraron realidades que versan sobre el consumo y la deshumanización. “Esta gente sí está loca”, dijo una joven evidentemente consumista una vez terminada la obra, justo a mi lado. “No están locos; son artistas”, le dije yo. Eso también lo logra el performance: provocar…; algo que a veces se torna necesario. Yury se aleja aún con la escasa vestimenta de cartón (que terminó sosteniendo con sus manos por el agotado trajín). Ya no carga sobre sus hombros aquella esfera de cemento, de esas ubicadas como delimitadoras en el bulevar y rota por indisciplinas sociales. Aquí los símbolos importan; quien tenga oídos que oiga… Y, aunque a algunos les pareciera solo una puesta de teatro, pura ficción, El cosificador es mucho más: sencillamente caminaron por esta ciudad varios de nuestros pecados. Yo, no me quedo con quienes juzgan por desconocimiento o algo más trivial, ni siquiera con aquellos que cuestionan el enorme esfuerzo físico realizado por el protagonista en su itinerario o los azotes no tan simulados (¡Qué buen arte no merece tal sacrificio!). Me quedo con el impacto irreverente, con la verdad estrujada a gritos en la conciencia colectiva, con el abrazo a Martí desde el mar arrasador de sus palabras, con la provocación al espíritu y, sobre todo, con la sonrisa de Yunaris (la deambulante) y su rostro de felicidadi cuando se marchaba por la calle Colón, sintiéndose parte de algo más, mientras decía al perro cómplice: ¡Vamos, Negrito!

Esta publicación ha sido escrita y documentada por mí, no contiene IA. Las fotos utilizadas son de mi autoría
The coymaker, the arresting force of a good performance [Eng]

If a man walks through your city, scarcely dressed in a rustic piece made of cardboard, carrying a net that, with each step, is filled with various objects and, in unison, that same man throws into the wind phrases laden with spirituality, while a kind of mayoral whips him from time to time and an arlequin laughs at him in a burlesque way, the city watching him -for a moment- is paralyzed... The performance The stuffer is about that, and much more. About human essences, it is a call to look inward, to clarify the relevance that we sometimes give to material things at the expense of love and what is truly imperishable.

Yury García Fatela embodies the protagonist of the performance, presented during the urban interventions day La Pupila Archivada. Close to him - in addition to the buffoon and the mayoral - other characters populate, in correspondence with the message of the play: a young man imbued with technological seduction, a woman whose body and beauty uses a hook to attract money (although we know that, as Martí said, the buffalo should not be more beautiful than the flower), others allude to the superficiality of fashion and "Don Dinero"... So many lessons! Yury walks, carrying the weight of objects whose concepts overtake him. The disjunctive between being and having strikes our gaze. Around, people observe, laugh, point, ask themselves... Not everyone understands, but something changes for seconds in the soul of our city. A man who just proposed to me in the middle of the boulevard covers and micas, asks him in front of the Cultural Center Huellas. By his attitude, he seemed like another character at that moment. "I believe in God," I heard him say to the lead actor among the crowd of curious voices. Yury continues to walk and, with each step, the weight becomes literally greater, but he does not give up... Not even to the concrete ball the size of a basketball, which loads on his shoulders; not even to the coffee pot, the cell phone, or the multiple boxes that other characters put on the net hanging from him; not even when they place the young woman dressed in paper there too, on a net that - more than anything else - looks like a web of vices, sins, vanity...
"Dale, dale, I know you can’t," says the mayor with insistent malice. "Hahaha, he can’t," reaffirms the harlequin; both with such a credible performance that one - as part of the audience - comes to hate them, I confess.

Yury crosses the pedestrian crossing between the Casa Azul store and the Banco Popular de Ahorro. He arrives under a midday sun that highlights the footprints that the whiplash, the web and the visceral force are leaving on his body. There are those who still do not understand the codes and even think them exaggerated, but the art that normally impacts and is remembered often has strong symbols and nuances. It now passes right next to the parish of San Jerónimo de Las Tunas. Objects begin to fall. The offensive words and mocking laughter of his victimizers increase. "Hahaha, you can’t," he hears insistently. Yury scouting inside the boxes he held so far and proves that everything is bullshit, but they don’t care; they are blind because of their spiritual deficiencies. A sign falls to the floor, the same one that held the protagonist until now, hanging from his chest. In the card, a Martian phrase is clearly read: "Much store, little soul." And when the inquisitors and even people in the audience thought he couldn’t take it anymore, he gets up...

You can already see the facade of the Hotel Cadillac (at this point everything is cinematic). And there, right next to the stairs to go up to the bar, a woman and a dog, a dog and a woman. She, one of those wanderers who roams our city. Yury opens his arms to emphasize the message. His face is a heartbreaking and profound poem. Under the blanket of the Cadillac, some looks escape curious; between "them" and the artists hangs a sign that summarizes the essence of the work, with a phrase by Borges: "It’s so sad to love things; things don’t know you exist."

Seconds later, Yury finally collapses and, with his last strength, barely able to rise from the pavement, he plays the sign with the warning phrase. The mayor sets foot on his body on the floor, completely upside down; the harlequin smiles burlesque, but to Yury no one can take away the sign and, above all, the conviction of its meaning. Here comes the applause.

(…) Much to process after the journey of these young artists through the city center. However, the approximately 20-minute presentation was enough for us - whom we watched closely - to return to Hamlet’s dilemma: "To be or not to be." The architects of El Cosificador not only controlled things; they also brought with them realities concerning consumption and dehumanization. "These people are crazy," said a young, evidently consumerist, once the play was finished, right next to me. "They’re not crazy; they’re artists," I told him. That’s what performance does too: provoke... something that sometimes becomes necessary. Yury still walks away in his scarce cardboard clothes (which he ended up holding with his hands for the exhausted ride). No longer carries on its shoulders that concrete sphere, of those located as delimiters in the boulevard and rotated by social indisciplines. Here the symbols matter; whoever has ears to hear... And, even if it seemed to some just a play, pure fiction, The Soothsayer is much more: they simply walked through this city several of our sins. I, I don’t stand with those who judge for ignorance or something more trivial, not even with those who question the enormous physical effort made by the protagonist in his itinerary or the not so simulated lashes (What good art does not deserve such sacrifice!). I am left with the irreverent impact, with the truth squealed loudly in the collective consciousness, with the embrace of Martí from the ravaging sea of his words, with the provocation to the spirit and, above all, with the smile of Yunaris (the wanderer) and his face of happiness when he walked down Calle Colón, feeling part of something else, while saying to the dog accomplice: Come on, Negrito!

This post was written and documented by me, it does not contain AI. The photos used are my own </sub.
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