
ESTRÉS
@kekita7703
Posted 4d ago · 5 min read
Hola Hivers, hoy vengo con deseos de compartirles un lienzo que nos detiene cuando le vemos y por supuesto algunas reflexiones al respecto.

He pasado días muy tensos, lo sé, y lo siento en mis hombros.
Lo noto al despertar, antes incluso de abrir los ojos. Esa losa invisible que se instala en la base del cuello y se extiende hacia los omóplatos como una mancha de tinta sobre papel secante. No es imaginación. Es la memoria física de jornadas largas, de silencios forzados, de decisiones que pesan más de lo que uno está dispuesto a admitir.
Hoy no vengo a hacer malabares con las palabras. Vengo a hablar del estrés con la seriedad de quien se sienta frente a un lienzo en blanco y sabe que cada pincelada cuenta. Porque cuenta. Y mucho.
La Pintura que No Elegimos
Hay días en que uno se levanta con la paleta ya cargada de colores ajenos. Grises sucios, ocres apagados, negros que ni siquiera son negro puro, sino esa mezcla turbia que sale de limpiar el pincel en el mismo vaso durante semanas.
El estrés no es una pincelada violenta. Rara vez lo es. El estrés es una capa de imprimación mal dada. Una base que nos aplican sin preguntar: las responsabilidades, las expectativas, las urgencias que otros nos cuelgan como si nuestros hombros fueran el perchero del mundo.
Y nosotros, pintores de nuestra propia vida, aceptamos ese fondo defectuoso. Creyendo que ya lo arreglaremos después. Que con una buena veladura de optimismo todo quedará cubierto.
No queda cubierto. La mala imprimación siempre aflora. Se agrieta. Descascarilla la pintura que ponemos encima.
El Peso de la Brocha Quieta
Lo más cruel del estrés no es el pico de ansiedad. Esa taquicardia que dura minutos y se va. Lo verdaderamente demoledor es la tensión sostenida. El pincel que no se apoya, que se sostiene en el aire durante horas, días, semanas, esperando el trazo definitivo que nunca llega.
Mis hombros no duelen por un sobresalto. Duelen por la anticipación perpetua.
El pintor sabe que la peor postura no es la del brochazo enérgico, sino la del brazo en vilo, la muñeca rígida, el gesto contenido esperando que la luz sea la adecuada o que el pulso se serene. Esa espera agota más que pintar una pared entera.
Así vivimos. Con el brazo en alto. Preparados para lo que pueda venir. Y lo que viene, casi siempre, es más de lo mismo.
La Restauración Necesaria
Soy consciente de que no hay truco. No hay atajos en la restauración de una pintura dañada. Quitar el barniz oxidado del estrés requiere tiempo, paciencia y la humildad de aceptar que algunas capas se perderán por el camino.
Pero hay gestos que ayudan. Pequeñas decisiones de taller que, sin ser la solución definitiva, permiten que la obra respire.
Lo primero es dejar la brocha. Apoyarla. Sentir el peso del mango sobre la mesa y no en la mano. Eso implica, en la práctica, detenerse. No para meditar en una postura imposible. Detenerse para mirar. Mirar el lienzo con distancia, con criterio, no con la ansiedad del que quiere terminar como sea.
Lo segundo es limpiar la paleta. Soltar los colores del ayer. Los restos secos de discusiones pasadas. Los pegotes de culpa que ya no sirven. La paleta sucia solo produce mezclas embarradas. Hay que rascar. Duele, porque lo seco se resiste. Pero una vez limpia, aparece la madera virgen. La posibilidad.
Lo tercero, y más importante, es pintar para uno. Aunque sea un trazo al día. Un solo trazo que no responda a ningún encargo, a ninguna exigencia externa. Un trazo torpe, íntimo, que solo tú entiendes. Ese trazo, por pequeño que sea, te devuelve la autoría de tu propia obra.
Un Lienzo No se Termina en un Día
He pasado días muy tensos. Y probablemente los seguiré pasando. La vida no es un cuadro que se enmarca, se firma y se cuelga. La vida es un proceso continuo de superposición de capas. Algunas transparentes. Otras, opacas y gruesas como el empaste de un pintor expresionista.
Hoy mis hombros pesan. Mañana quizá también. Pero hoy, al menos, he decidido apoyar la brocha un rato. Mirar lo que he pintado hasta ahora. Y reconocer, con la serenidad que da el oficio, que incluso en los tramos más oscuros hay texturas que merecen ser conservadas.
No se trata de pintar un cuadro feliz. Se trata de pintar un cuadro verdadero. Y el mío, hoy, tiene esta grieta en la esquina superior derecha. Esta mancha de tensión en el centro. Y esta luz tenue que entra por la ventana del estudio y que, a pesar de todo, me permite seguir viendo los colores.
Ahora te pregunto, sin urgencias, sin fuegos artificiales: ¿Cómo está tu lienzo hoy? ¿Sostienes la brocha o la has dejado descansar?
Te leo en los comentarios. En silencio. Como se leen las cosas más importantes.
Curioseando: Pintura. El Grito, de Edvar Munch.
Significado: Es el ícono universal de la angustia existencial del ser humano moderno. Representa la soledad radical del individuo, la opresión del entorno y la imposibilidad de ser escuchado .?quien grita lo hace sin que nadie acuda en su auxilio? No es un grito cualquiera: es el grito de la naturaleza misma atravesando a quien lo padece.
Foto tomada de Wikipedia