
Adoramos los funerales, pero tememos a las almas vivas
Vivimos en una sociedad que adora los funerales, pero le teme a las profundidades del alma humana.
Pasamos la vida diciendo que "nos importa" el prójimo. Sin embargo, cuando la realidad de la salud mental golpea la puerta, muchos prefieren pasar el cerrojo y deslizar por debajo una nota con frases vacías. Cerrar con doble llave es más fácil que sostener una mirada triste.
Es asqueroso —no hay otra palabra para describirlo— ver cómo nos volvemos filósofos y poetas frente a un cuerpo sin alma. Preguntamos al vacío: “¿Por qué lo hizo?”, “¿Por qué se dejó vencer?”.
Lloramos a gritos frente a quien ya no puede oírnos, buscando respuestas que tuvimos frente a nosotros durante años. Pero decidimos ignorarlas porque atenderlas requería tiempo, esfuerzo y, sobre todo, incomodidad. Preferimos el luto público que la empatía privada.
Miramos al hombre en la calle, a esa persona que perdió el rumbo y sus sentidos, y nos preguntamos con una falsa lástima qué lo llevó ahí.
Lo hacemos para sentirnos superiores. Para convencernos de que nosotros "sí somos buenos", cuando en realidad somos cómplices de un silencio colectivo que empuja a la gente al abismo. ¿Realmente nos duele su situación, o solo nos alivia saber que no somos nosotros los que estamos en el suelo?
No hay nada más violento para una persona con la salud mental dañada que recibir un consejo para "salir del paso".
"Dios tiene un plan perfecto" o "todo pasa por algo".
Decir esto no es fe; es pereza emocional. Es una forma cobarde de decir: "No quiero cargar con tu dolor, así que te devuelvo una frase hecha para que dejes de incomodarme".
Una persona que está intentando reconstruir cada partícula de su ser no necesita un sermón de autoayuda barato. Necesita humanidad.
Necesitamos entender que, aunque la salvación es una tarea individual, el camino no tiene por qué ser solitario.
La salud mental es colectiva porque somos seres vinculados; lo que haces (o dejas de hacer) tiene un impacto directo en la red que nos sostiene a todos.
Muchos se escudan en que "tienen sus propios problemas". Es verdad, todos cargamos algo. Pero la vida es larga y el tiempo es vasto; siempre hay espacio para escuchar si realmente hay interés. El problema no es el reloj, es la falta de coraje para mirar el desastre ajeno sin intentar "arreglarlo" con palabras mágicas.
Escribo estas líneas no desde la teoría, sino desde el remordimiento.
Lo escribo por un amigo. Un hombre cuya mente se fracturó mientras su familia miraba hacia otro lado y sus amigos —incluyéndome— no supimos leer el desastre que ocurría en su cabeza.
Él no solo se enfermó; fue empujado por el aislamiento hasta que decidió que la realidad ya no era un lugar seguro. Muchos le ponen etiquetas médicas, dicen "esquizofrenia", pero yo lo veo como lo que realmente fue: una salud mental tan desatendida que su única salida fue lanzarse a la calle y perderse en su propio mundo.
Él decidió "hacerse el loco" porque el mundo de los "cuerdos" le dio la espalda.
Hoy lo veo en la calle y entiendo que su situación es el espejo de nuestra propia incapacidad de ser humanos. Escribo esto porque no quiero que el silencio vuelva a ser cómplice de otra fractura.
Si mi culpa sirve para que alguien hoy decida escuchar de verdad a quien tiene al lado, entonces estas palabras habrán cumplido su propósito.
Menos preguntas al espíritu de quien ya se fue y más presencia para el corazón que todavía late. No dejes que la oscuridad gane por falta de compañía.