
Crónica de un pequeño alienígena en Caracas.
@amigoponc
Posted 15h ago · 3 min read
Hoy es jueves, «𝐞𝐥 𝐜𝐮𝐞𝐫𝐩𝐨 𝐥𝐨 𝐬𝐚𝐛𝐞», 𝐞𝐥 𝐝𝐢́𝐚 𝐝𝐞𝐥 #𝐓𝐁𝐓. Casi se me escapa el jueves sin cumplir con el ritual del #TBT, pero el corazón tiene su propia memoria y hoy me reclamó un espacio para volver a mirar estas fotografías.
Miro esta fotografía y el grano del blanco y negro me devuelve un calor que ya no existe —cómo pasa el tiempo—. El sol de Caracas a principios de la década de los sesenta, rebotando sobre una pared de concreto que bien podría ser la superficie de un planeta desconocido. Allí estoy yo, a mis diez años, con los lentes bien ajustados como si fueran el visor de un casco espacial y un libro apretado contra el pecho, que no era un objeto de lectura, sino mi escudo de vibranio contra la incertidumbre de lo cotidiano.
Crónica de un pequeño alienígena en Caracas
Si hoy me preguntan quién era ese niño, diría que era un visitante. No me sentía un "genio" en el sentido romántico de la palabra; más bien, estaba convencido de que mi nave nodriza me había dejado por error —o algo como Alf— en este valle de gente ruidosa y lógica deficiente. Al igual que el joven Sheldon (esa serie en Netflix con la cual me identifico), mi mente operaba en una frecuencia distinta. Mientras los demás niños se perdían en la euforia del juego físico y los gritos, yo me dedicaba a diseccionar la realidad con una frialdad que muchos confundían con arrogancia.

Era socialmente torpe, es cierto. No entendía las sutilezas del tacto social ni las mentiras piadosas que aceitan los engranajes del mundo adulto. Si alguien decía algo estúpido, yo se lo hacía saber con la precisión de un escalpelo. "Eso no es lógicamente posible", solía decir, ganándome miradas de desconcierto. Mi honestidad era una forma de rigidez, una estructura necesaria para no desmoronarme ante un mundo que me parecía caótico y carente de sentido. Mis rutinas eran mis leyes; si algo se salía de su sitio, mi universo personal sufría una micro-explosión, jejeje.
En la foto, mis piernas parecen listas para emprender la marcha, pero mi mirada está fija, analizando al fotógrafo —papá— como si fuera un espécimen de estudio. El egocentrismo de la infancia se mezclaba con una crítica feroz hacia la inteligencia ajena, una defensa natural ante el miedo de no encajar —nunca encajé—. Pero, detrás de esos cristales gruesos y esa postura defensiva, estaba el refugio innegociable de mamá. Ella era la traductora oficial entre el mundo de los humanos y mi mundo de lógica matemática. Bajo su ala, mi torpeza social encontraba un puerto seguro donde no necesitaba ser "normal", solo necesitaba ser yo.
Hoy, viendo este #TBT, entiendo que ese niño no era un extraterrestre, sino un alma brillante tratando de construir un puente entre su mundo interior y el asfalto caraqueño. Ese libro que sostengo era mi mapa para volver a casa, y esos lentes, la única forma de ver un poco más allá de la soledad que a veces impone el saberse diferente.
Si quieres participar, me parece que aún estás a tiempo, tienes hasta las 11:59 pm de HOY JUEVES, así que apúrate y recuerda cumplir las reglas.
@lanzjoseg/concurso-tbt-una-foto-una-historia-un-dia-de-esos-tdkjb4" target="_blank" rel="noopener noreferrer">ℂ𝕠𝕟𝕔𝕦𝕣𝕤𝕠 𝕕𝕖 𝕋𝔹𝕋 - 𝕌𝕟 𝕕𝕚́𝕒 𝕕𝕖 𝕖𝕤𝕠𝕤.
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A ver si se animan, las amigas @cirangela y @faniaviera, y el amigo @theshot2414…
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